Hablar de sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios suele llevarnos a pensar en el campo, en los productores, en las prácticas agrícolas, en la conservación de los recursos naturales o en las políticas públicas. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que estos sistemas también se construyen a partir de algo tan cotidiano como nuestras decisiones sobre lo que compramos y consumimos.
Cada vez que elegimos un alimento estamos tomando una decisión que, aunque parezca individual, hace parte de un sistema mucho más amplio. ¿Qué compramos? ¿De dónde viene? ¿Quién lo produjo? ¿Cómo fue producido? ¿Qué variedades estamos consumiendo? ¿Qué alimentos están presentes en nuestras mesas y cuáles estamos dejando de consumir?
Y aquí aparece algo que quizás damos por sentado: podemos elegir porque tenemos diversidad. La diversidad de especies, variedades, razas, alimentos, territorios, sistemas productivos y conocimientos nos ofrece múltiples posibilidades para alimentarnos. Nuestra agrobiodiversidad es, en buena medida, lo que hace posible que existan diferentes alimentos, sabores, formas de producción y alternativas para nuestras mesas.
El reto, entonces, no está en decirle a las personas qué deben elegir. Cada persona tiene sus propias necesidades, posibilidades, preferencias, cultura y formas de alimentarse, y todas esas decisiones son válidas. Lo importante es recuperar la conciencia sobre lo que significa elegir.
Porque detrás de cada alimento existe una historia: personas que lo producen, territorios que lo sostienen, conocimientos que se han transmitido entre generaciones, semillas y razas que hacen parte de nuestra agrobiodiversidad, recursos naturales que permiten su producción y relaciones económicas y sociales que determinan cómo llega finalmente hasta nuestra mesa.
El problema es que hemos ido perdiendo ese vínculo. Para muchas personas, el alimento aparece simplemente como un producto disponible en una estantería o en una aplicación, separado del territorio, de quien lo produjo y de los procesos ecológicos, culturales y sociales que hicieron posible que llegara hasta nosotros.
Y cuando dejamos de preguntarnos qué hay detrás de lo que comemos, también dejamos de reconocer que nuestras elecciones hacen parte de la construcción de los sistemas agroalimentarios. Lo que compramos y consumimos puede influir, de distintas maneras, en qué se produce, qué mercados se fortalecen, qué conocimientos permanecen y qué diversidad continúa presente en nuestros territorios.
Por eso, la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios no es responsabilidad exclusiva de quienes producen alimentos. Es un compromiso que involucra a todos los actores vinculados al agro y, en realidad, a toda la sociedad.
Quienes trabajamos en el sector agropecuario tenemos una responsabilidad particular: generar espacios para conversar sobre estos temas y ayudar a recuperar el vínculo entre las personas y los alimentos. No para decirle a nadie qué debe consumir, sino para abrir la posibilidad de elegir de manera más consciente.
Porque quizá no se trata de que todos elijamos lo mismo. Todo lo contrario: la diversidad nos permite elegir de maneras diferentes. Se trata de que sepamos que estamos eligiendo y que, detrás de cada elección, existe un sistema que conecta productores, territorios, biodiversidad, conocimientos, mercados y consumidores.
Cada decisión cuenta.
La próxima vez que elijamos un alimento, quizás valga la pena detenernos un momento y preguntarnos:
¿Qué mensaje estoy transmitiendo cuando elijo un alimento?
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