Bioeconomía: de la biodiversidad a la generación de valor sostenible en los territorios

Colombia cuenta con una extraordinaria diversidad de recursos biológicos, conocimientos locales y capacidades científicas. En una finca, una asociación o un territorio rural, ese potencial puede estar representado por un fruto nativo, un microorganismo del suelo, una especie forestal, un polinizador, un residuo agroindustrial o incluso por los servicios que presta un ecosistema.

Pero disponer de biodiversidad no significa automáticamente tener bioeconomía. Para convertir ese patrimonio en oportunidades sostenibles se necesitan conocimiento, innovación, organización, capacidades de transformación y mercados. Además, el valor generado debería contribuir al bienestar de los territorios sin deteriorar la base natural que lo hace posible.

Ese es uno de los principales desafíos para Colombia: pasar de reconocer la biodiversidad como riqueza natural a conectarla con conocimiento e innovación para generar valor económico, social y ambiental.

¿Qué significa realmente hablar de bioeconomía?

La bioeconomía ha evolucionado con el tiempo. Sus primeras aproximaciones estuvieron muy relacionadas con los recursos biológicos y, posteriormente, con el desarrollo de la biotecnología. Hoy el concepto es considerablemente más amplio e incorpora sostenibilidad, conservación, conocimiento, innovación y desarrollo territorial.

En términos generales, integra la producción, utilización y conservación de recursos biológicos con la ciencia, la tecnología y la innovación para generar productos, procesos y servicios que contribuyan a una economía sostenible. Por eso no puede reducirse a biocombustibles, biofertilizantes o productos derivados de la biotecnología.

La bioeconomía también puede expresarse mediante sistemas agroforestales, agroecología, economía circular, aprovechamiento de residuos y subproductos, transformación de biomasa, servicios ecosistémicos o nuevas cadenas de valor vinculadas con la biodiversidad.

Un residuo de cacao, por ejemplo, puede permanecer como un material sin aprovechamiento o convertirse en materia prima para desarrollar otros productos. De manera similar, un microorganismo presente en el suelo puede adquirir valor a partir de procesos de investigación y convertirse en un insumo para los sistemas productivos.

La lógica puede resumirse así:

recursos biológicos + conocimiento + innovación → productos y servicios → valor y bienestar territorial.

La sostenibilidad agrega una condición esencial. Ese valor no debería generarse a costa de degradar los recursos y ecosistemas de los que depende.

Colombia ha venido construyendo el camino

La bioeconomía no apareció de manera repentina en la agenda nacional. Colombia ha construido progresivamente un marco institucional que acerca biodiversidad, crecimiento verde, ciencia, innovación y desarrollo territorial.

Uno de los antecedentes más visibles es Colombia BIO, orientado al conocimiento, valoración, conservación y uso sostenible de la biodiversidad mediante ciencia, tecnología e innovación. Posteriormente, el CONPES 3934 de Crecimiento Verde incorporó la bioeconomía como una oportunidad para impulsar actividades económicas a partir del capital natural.

La Misión Internacional de Sabios profundizó esa mirada al reconocer la biotecnología, el medio ambiente y la bioeconomía entre los ámbitos estratégicos para avanzar hacia una economía basada en conocimiento.

En el sector agropecuario, el Sistema Nacional de Innovación Agropecuaria (SNIA) y el Plan Estratégico de Ciencia, Tecnología e Innovación Agropecuaria (PECTIA) ofrecen un marco para conectar investigación, innovación, transferencia de conocimiento y extensión. Más recientemente, la Misión Bioeconomía y Territorio ha reforzado la importancia de desarrollar cadenas de valor biobasadas articuladas con las capacidades y particularidades de los territorios.

El cambio de enfoque es significativo. Ya no basta preguntar qué biodiversidad tiene Colombia. La pregunta estratégica es cómo generar valor sostenible a partir de ella.

¿Dónde están las oportunidades para el sector agropecuario?

Las demandas de ciencia, tecnología e innovación identificadas por actores de sistemas productivos en los departamentos permiten observar oportunidades en diferentes etapas de la actividad agropecuaria.

Una de las más evidentes está en el aprovechamiento de residuos y subproductos agroindustriales. Cadenas como cacao, plátano, banano, caña, palma de aceite y arroz generan biomasa que puede transformarse en biofertilizantes, biomateriales, biocombustibles, bioenergía o alimentos funcionales.

Un segundo ámbito es el fortalecimiento de sistemas productivos, mediante mejores prácticas, nuevos productos y modelos que incorporen circularidad y un aprovechamiento más eficiente de los recursos.

También existen oportunidades relacionadas con biotecnología y transformación industrial, como biorrefinerías, plantas piloto, tecnologías de estabilización, empaques biodegradables y procesos capaces de aumentar el valor de la producción primaria.

La gestión ambiental y la adaptación al cambio climático constituyen otro frente. Aquí aparecen alternativas dirigidas a reducir agroquímicos, desarrollar insumos biodegradables, mejorar el manejo sanitario y fitosanitario y fortalecer la resiliencia de los sistemas productivos.

Finalmente, la bioeconomía tiene una dimensión claramente territorial. Esta es fortalecer cadenas de valor, dinamizar economías regionales y generar oportunidades adaptadas a contextos diferentes como Amazonía, Orinoquía, Caribe, Pacífico y región Andina.

Más que producir: generar valor en el territorio

Estas oportunidades muestran que la bioeconomía agropecuaria no empieza ni termina en un laboratorio. Puede comenzar en una finca, avanzar mediante una organización de productores, requerir investigación o desarrollo tecnológico y conectarse posteriormente con procesos de transformación y mercados.

Esto también significa que desarrollar un producto técnicamente viable no es suficiente. Una iniciativa necesita responder preguntas sobre calidad, costos, diferenciación, transformación, organización y demanda.

En otras palabras, la bioeconomía plantea una nueva forma de observar los sistemas agropecuarios. No solamente por lo que producen hoy, sino por el conjunto de recursos, conocimientos y capacidades que podrían conectarse para generar nuevas oportunidades.

Colombia ya dispone de buena parte de esos activos. Tiene biodiversidad, biomasa, conocimiento científico, experiencias productivas y saberes territoriales. El siguiente desafío consiste en conectarlos de manera que generen innovación, valor agregado y bienestar sin deteriorar la biodiversidad que sustenta esas oportunidades.

Pero aquí aparece una segunda pregunta: ¿cómo hacer que esas posibilidades lleguen realmente a las fincas, organizaciones y comunidades rurales?

Ahí entra en escena un actor fundamental: el extensionismo agropecuario.

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