Del transferir al co-innovar: el nuevo papel de la extensión en la bioeconomía territorial
La bioeconomía puede abrir nuevas oportunidades a partir de la biodiversidad, el conocimiento y la innovación. Sin embargo, desarrollar una tecnología, identificar un recurso con potencial o diseñar un nuevo producto no garantiza que esas oportunidades se traduzcan en cambios concretos en los territorios rurales.
Una tecnología puede existir y no ser adoptada. Un bioproducto puede ser técnicamente viable y no encontrar mercado. Una práctica sostenible puede funcionar experimentalmente y no responder a las condiciones económicas o ambientales de una finca.
Es allí donde la extensión agropecuaria adquiere una función estratégica. Ayudar a cerrar la distancia entre el conocimiento disponible y su apropiación efectiva por productores y comunidades.
Bioeconomía y extensión: una relación de doble vía
La extensión puede ayudar a que las oportunidades de bioeconomía lleguen al territorio, sean probadas, adaptadas y apropiadas. Pero la relación también funciona en sentido contrario: la bioeconomía amplía la forma de entender la extensión.
Una visita técnica puede seguir abordando productividad, sanidad o manejo agronómico, pero incorporar nuevas preguntas: ¿qué otros recursos existen en la finca?, ¿qué conocimientos posee la familia productora?, ¿qué residuos permanecen subutilizados?, ¿qué biodiversidad presta servicios al sistema?, ¿qué nuevas posibilidades de transformación existen?, ¿qué actores podrían colaborar?
Esto no significa abandonar la productividad. Significa ubicarla dentro de un marco más amplio que también considera sostenibilidad, resiliencia, organización, mercados y generación de valor territorial.
De transferir tecnologías a construir soluciones
Durante años, la innovación agropecuaria se ha representado mediante una secuencia relativamente lineal:
la investigación desarrolla → la extensión transfiere → el productor adopta.
Este modelo continúa siendo útil en determinados contextos, pero resulta insuficiente para muchos desafíos de la bioeconomía territorial.
Una tecnología desarrollada en condiciones experimentales necesita probarse en sistemas productivos reales, ajustarse a características territoriales y responder a las necesidades y capacidades de quienes la utilizarán. Por eso cobra importancia la co-innovación.
En lugar de recibir únicamente una tecnología terminada, productores, extensionistas, investigadores y otros actores pueden identificar problemas y oportunidades, intercambiar conocimientos, probar alternativas, evaluar resultados y adaptar conjuntamente las soluciones.
El productor deja de ser únicamente receptor para convertirse en participante activo del proceso innovador.
Esto también permite reconocer saberes que no siempre ingresan a los procesos formales de investigación. Los conocimientos sobre especies, suelos, agua, sistemas productivos o comportamiento de los ecosistemas pueden dialogar con la ciencia y la tecnología. La innovación puede surgir precisamente de esa combinación.
Nuevas capacidades para nuevos desafíos
Este cambio exige ampliar las capacidades de extensionistas y asistentes técnicos. El conocimiento agronómico, pecuario o forestal sigue siendo indispensable, pero necesita complementarse con otras competencias.
La primera es una lectura integral del territorio. El extensionista debe poder reconocer recursos biológicos, actores, conocimientos, problemas y oportunidades sin limitar el diagnóstico al cultivo o actividad principal.
En una finca amazónica dedicada al cacao, por ejemplo, la mirada puede extenderse hacia especies forestales asociadas, frutos nativos, residuos con potencial de aprovechamiento, microorganismos útiles o servicios como la polinización.
La pregunta no es cómo convertir cada elemento en un negocio, sino cuáles podrían generar valor sostenible y qué condiciones hacen falta para conseguirlo.
Además, muchas oportunidades solo aparecen cuando se mira más allá de la finca. Puede existir un recurso interesante, pero faltar organización para alcanzar volúmenes, conocimiento para transformarlo, infraestructura, financiación o compradores.
Una segunda capacidad es la facilitación de procesos de co-innovación. Pensemos en la introducción de un bioinsumo. Un enfoque exclusivamente instructivo puede concentrarse en explicar dosis y formas de aplicación. Un proceso de co-innovación agrega otras preguntas: ¿qué problema espera resolver el productor?, ¿cómo responde el bioinsumo a sus condiciones de suelo y clima?, ¿qué ajustes necesita el manejo?, ¿qué resultados considera relevantes la familia productora?
El extensionista pasa así de entregar una instrucción a facilitar experimentación, aprendizaje y adaptación.
Una tercera competencia es la articulación de actores. Una iniciativa puede necesitar universidades para resolver desafíos tecnológicos, empresas para transformar la producción, instituciones para atender requisitos regulatorios, financiación para invertir o compradores para consolidar la demanda. El extensionista puede contribuir a identificar estas necesidades y acercar actores que normalmente no interactúan.
También se requiere una comprensión básica de cadenas de valor y mercados. Identificar un recurso o desarrollar un producto no garantiza una oportunidad económica. Es necesario comprender transformación, costos, calidad, diferenciación, demanda y comercialización para analizar cuánto valor puede permanecer en el territorio.
Finalmente, cobran mayor relevancia competencias relacionadas con sostenibilidad y biodiversidad: agroecología, sistemas agroforestales, bioinsumos, economía circular, servicios ecosistémicos y conservación. No se espera que cada extensionista sea especialista en todas estas áreas, sino que pueda reconocer sus implicaciones y saber cuándo conectar el proceso con conocimientos especializados.
Un extensionista que conecta capacidades
En conjunto, estas competencias perfilan un profesional que continúa siendo referente técnico, pero que también puede actuar como lector del territorio, facilitador de innovación y articulador de capacidades.
Esta evolución tiene especial sentido dentro del Sistema Nacional de Innovación Agropecuaria. El SNIA ofrece una oportunidad para conectar investigación, innovación, extensión y desarrollo de capacidades, precisamente los elementos que necesita una bioeconomía que aspire a materializarse en los territorios.
Instituciones públicas, academia y centros de investigación pueden generar conocimiento. Las empresas pueden aportar transformación, inversión y mercados. Las organizaciones de productores fortalecen la acción colectiva. Pero alguien debe ayudar a que esas capacidades dialoguen con las condiciones concretas de las fincas y comunidades.
Por su proximidad con los productores, el extensionista puede desempeñar ese papel. Por eso, la pregunta para la extensión agropecuaria ya no es únicamente cómo producir más, sino también cómo generar mayor valor a partir de los recursos y conocimientos existentes sin deteriorar la base natural que sustenta ese valor.
Ese cambio exige nuevas capacidades, pero abre una oportunidad igualmente importante: convertir la extensión en uno de los principales puentes para llevar la bioeconomía del conocimiento a la adopción, de la innovación a la práctica y de la biodiversidad al valor territorial.
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