"Química rústica": cuando la alquimia quiso alimentar al mundo

"Química rústica": cuando la alquimia quiso alimentar al mundo

¿Desde cuándo la humanidad le confía el progreso de la agricultura a la investigación científica? La respuesta intuitiva señalaría al siglo XX y la Revolución Verde, la síntesis industrial del nitrógeno, los programas de mejoramiento genético financiados por estados y fundaciones. Sin embargo, un artículo del historiador Justin Niermeier-Dohoney, publicado en History of Science (2021), empuja esa fecha trescientos años atrás y la sitúa en el inesperado lugar de la industria bélica de la Inglaterra del siglo XVII y su materia prima más codiciada, el salitre (nitrato de potasio), ingrediente principal de la pólvora.

Para situar esta historia debemos abandonar la imagen de la ciencia moderna como una forma de conocimiento superadora y disruptiva que desplazó de golpe la superstición medieval y antiguos saberes esotéricos. A mediados del siglo XVII coexistían, en tensión, al menos tres formas distintas de indagar el mundo material.

Estaba, primero, el saber escolástico heredado de Aristóteles: especulativo, deductivo, fundado en la autoridad de los textos antiguos más que en la observación directa. Frente a él se levantaba la alquimia, un sistema de conocimiento con lógica propia que hoy tendemos a imaginar como una práctica mágica a raíz de que sus practicantes perseguían la piedra filosofal, la sustancia capaz de transmutar metales base en oro, y sostenían que un principio vital único impulsaba el crecimiento de minerales, plantas y animales. Sus procedimientos eran secretos, transmitidos entre iniciados, y su lenguaje estaba cargado de simbolismo casi religioso. Pero la alquimia también era, de manera menos reconocida, una práctica de laboratorio de la cual proceden técnicas como la destilación y la calcinación que la ciencia experimental heredará después.

Por otra parte, emergía con fuerza, el programa de Francis Bacon con la idea de que el conocimiento válido no se deduce de la autoridad, sino que se extrae de la naturaleza mediante su observación y experimentación deliberada, y de que ese conocimiento es válido si se traduce en beneficio humano concreto: “el conocimiento es poder” en el sentido más literal. La experimentación baconiana no superó a la alquimia ni la sustituyó de inmediato; durante buena parte del siglo XVII, ambas convivieron, y es justamente en su cruce donde ocurre la historia que cuenta el artículo.

Una red de reformadores con una fe utópica

El Círculo de Hartlib, una red de correspondencia inglesa formada por terratenientes, médicos, alquimistas practicantes y reformadores sociales, tomó el ideal utilitario baconiano del conocimiento y lo fusionó con una cosmovisión vitalista de la alquimia. El resultado fue la convicción casi utópica de que, si un principio vital animaba el crecimiento de toda la materia, y ese principio podía identificarse y aislarse mediante experimentación, entonces no existía límite natural a la abundancia que el ingenio humano no pudiera superar.

Su problema concreto era el salitre. A mediados de siglo XVII, Inglaterra ya no dependía de su minería doméstica para abastecer de pólvora a su ejército (el comercio con la India había vuelto casi obsoleta la extracción local), lo cual liberó a toda una generación de artesanos y técnicos que antes trabajaban para la industria militar. Como el salitre era, además, un fertilizante reconocido desde mucho antes, la agricultura se presentó como la salida natural para ese conocimiento técnico disponible.

Una sustancia con dos caras

El salitre se producía en "salitrerías” es decir, lechos de tierra nitrosa (cargada de estiércol, orina y materia orgánica en descomposición) que los recolectores, con licencia real, excavaban en establos, corrales y letrinas de todo el reino. Un detalle del artículo revela hasta qué punto este conocimiento antiguo de la fertilización vegetal provenía del ámbito artesanal de esta industria militar: algunos grabados de la época muestran trabajadores cortando con guadaña la vegetación que crecía espontáneamente sobre esos lechos, porque se creía que las plantas robaban los materiales fecundos necesarios para producir la sustancia. Es decir, se percibía una competencia directa entre el salitre y el crecimiento vegetal.

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Esa competencia no era solo técnica, también era social. La ley obligaba a resarcir a los agricultores por los daños causados al excavar sus tierras, pero en la práctica esto rara vez ocurría, y hay registros de negociaciones, sobornos y hasta enfrentamientos violentos. William Shakespeare capturó el malestar moral más amplio que rodeaba a esta sustancia cuando hizo lamentar, en Enrique VI, que el "vil salitre" tuviera que ser excavado "de las entrañas de la tierra inocente". El salitre era, a la vez, fuente de destrucción (como ingrediente de la pólvora) y de vida, por su capacidad fertilizante.

La "química rústica": experimentar con la fertilidad

Una corriente alquímica minoritaria pero influyente en el Círculo de Hartlib, conocida como la escuela del sal nitrum, ofreció la teoría que resolvía la ambigüedad a favor de la agricultura. A diferencia de la tradición alquímica dominante, centrada en el mercurio y el azufre como principios de toda la materia, esta escuela elevaba la sal, y en concreto el salitre, a una posición central que explicaba tanto la formación de minerales como el crecimiento de las plantas. El salitre bajo esta lectura era la sustancia donde se concentraba el principio mismo de la vida.

Esta visión dio pie a una aspiración audaz: si la esencia de la vida residía en el salitre, bastaba con disponer de pequeñas dosis en el entorno adecuado para lograr que se "multiplicaran" de forma autónoma —tomando prestado el concepto alquímico de multiplicatio, el mismo que se invocaba para la piedra filosofal—. Se habló abiertamente de la posibilidad de una "mina perpetua de salitre". Se documentaron ciclos de estercolado y cosecha que, según sus autores, producían salitre indefinidamente como subproducto. Se describieron fermentos capaces de multiplicar por mil una porción inicial de salitre bueno. Ninguno de estos resultados era replicable con los estándares actuales, pero el impulso que los animaba —maximizar artificialmente la fertilidad del suelo mediante la manipulación deliberada de sus principios activos— anticipa de forma clara la orientación de la ciencia agronómica actual.

Lo que no sobrevivió y lo que sí

El proyecto se apagó hacia finales de la década de 1650 por el desgaste práctico de no poder construir infraestructura a escala ni resultados consistentes. Sus principales impulsores fueron abandonando la empresa uno a uno y el salitre, además, cambió de función: durante el siglo XVIII pasó de usarse como fertilizante a usarse como pesticida de semillas, hasta caer también en desuso ahí. El retorno del salitre (en realidad, del nitrógeno) como fertilizante tuvo que esperar a que la química industrial, ya plenamente consolidada, aislara el nitrógeno y el potasio como macronutrientes a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Entre un momento y otro pasaron casi trescientos años, y en ese tramo lo que no sobrevivió fue la teoría ya que nadie hoy explica la fertilidad del suelo a través de teorías vitalistas de composición universal.  En cambio, el afán utilitario de aquellos pioneros experimentadores permaneció intacto y plenamente reconocible en la certidumbre de que la naturaleza es un sistema que se puede intervenir mediante el conocimiento consciente, con el propósito de obtener una producción de alimentos superior a la que se generaría de forma espontánea. Esta visión no surgió con la agricultura industrial del siglo XX ni con la Revolución Verde; fue una herencia (reformulada con un lenguaje diferente y herramientas de enorme precisión) de la filosofía natural y alquimia isabelina, impulsada por la noción de que no había límite que el ingenio humano no pudiera vencer.

 

Articulo completo: Niermeier-Dohoney, J. (2022). “Rusticall chymistry”: Alchemy, saltpeter projects, and experimental fertilizers in seventeenth-century English agriculture. History of Science60(4), 546-574.

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Ingeniero Agrónomo, MSc. Política y Gestión de la Ciencia y la Tecnología

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